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 "Zimmerman street"





El sonido de la madrugada penetró en su sien. El estruendo de los últimos acordes fulminó su razonamiento. Encendió un peta con dedos temblorosos. Escogió uno de sus discos predilectos. Años acompañando sus desvelos. No le apetecía oír en aquel momento a Chet Atkins. Siempre que le había recogido del ostracismo de su privilegiada discoteca, el espíritu del gran músico le atrapaba. Corroía su mente. Metía mano a sus pensamientos y modificaba sus impulsos. Alabando la bonanza de la locura.

Esta vez la compañera de su viaje era Joan Báez. Hacia poco había cumplido años. Y como un cumulo de bendiciones estaba dispuesto a meditar.

La meditación siempre le trasladaba. Le hacia bien. Dominaba sus bajos instintos. Atemperaba sus odios y sus frustraciones. Quizás como un polen inspirador le otorgaba un don compositivo que no lograba de otra forma. Mitigaba sus dudas existenciales. Constataba e impulsaba un dialogo interior más amplio que los horizontes africanos. Acercaba el antagonismo de las religiones y como una barcaza en río revuelto extraía las conclusiones precisas para acercarse a su fé real.

Trasladado al mismo Greenwich Village recorría cafés y bares de privilegiados bohemios con dispar suerte de futuro pero cargados de ilusiones de presente. Locales frecuentados por las corrientes progres vestidas de diverso pelaje cultural.

Allí fue donde compartió tres años de su vida con Susana. Rotolo el apellido que le promovió a investigar su lado más social. Rebuscando en la profundidad de su ego para realizar su propia mezcolanza con las raíces más añejas. Hermoso caldo de cultivo para obtener las mayores delicias del pensamiento.

Investigo palabras, combinó versos, elaboro fraseos que envolvían el espacio. Provocando un bailoteo rítmico entremezclando su palpitar con las caladas intensivas y su humo cegador.

Quería tener una revelación. Recordaba las "Visiones de Cody", libro de su admirado Kerouac, junto con sus lecturas místicas y sus desvelos orgiásticos de yerba le trasladaban a una profunda meditación y allí, en aquel estado parecido al nirvana, componía.

Quería acercarse a su Desolation row o a su Blowin' in the wind. Aunque se encontraba muchas veces con la disyuntiva de Don't think twice, it's all right.

La hora se acercaba. Joanna había quedado con él. Le aguijoneo lo suficiente para en un ultimo esfuerzo cuadrar una nueva canción. Se la mostraría a su musa como regalo de cumpleaños. Esbozo un gesto de satisfacción, apuro el cigarrillo y corrió a vestirse. Su alegría no era correlativa con la canción que había compuesto. Los tiempos habían cambiado tanto que las luchas se habían multiplicado.

Como muestra de regocijo siempre que una composición le satisfacía dejo una pequeña firma al final de la misma.

Y un nombre Bob partió en busca de Joan.


Javi Jerry Lee©enero 2012

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