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"La balada del sur" versión nueva



Una balada penetró en la medianoche de sus vidas. Se aferraron a la versión de la canción como unos enamorados más. Su delito quererse. Su condena la segregación racial que imperaba en las sienes de una sociedad rancia y caduca.

Con el pick up bajo sus brazos y con la tarde por hacer decidieron un picnic de besos bajo la sombra de un Sauce llorón en el parque de las almas cándidas y de afecto leal.

Los ritmos eran la cadencia de sus manos. El du dua, el ronroneo de la tarde en gesto tranquilo. El tiempo, era un acorde de dulce melodía encadenada. Con la producción de unos cuerpos en abrazo constante, daban forma a una melodía de argumento enamorado.

Con el sentimiento en un bucle reactivo las sílabas eran húmedas y los gestos sabroso manjar de besos en labios de fruta y azúcar. El momento de dulce complacencia, era un soliloquio único. Mientras las caderas eran fiebre. Fiebre de agosto como deseo penetrante al gusto candente del calor de sus torsos. Simplemente, era una necesidad acuciante en la mente de sus voces. Como un blues en un honky tonk. Y su vida era una licencia escondida y apartada del mundo.

Las tradiciones mal entendidas eran rotas en las miradas de sus cadencias. Mientras otro ausente era condenado en la cruz quemada del clan de los encapuchados. Su tierno amor desconocía el pecado en las conciencias de los asesinos.

Cautivos del amor en la presencia no consentida de blancos puritanos y radicales. Mientras un sollozo quemaba la noche, un racista capataz violaba a la doncella negra bajo las carnes de la oscura noche de los silencios de miedos encorsetados. Un adalid el despliegue de los derechos civiles violentados en una turba de efecto y destrucción violentada.

Ellos, en la fruición de su pasional derroche, no intuían la carcoma de los reproches de los poderosos augurios. Con forma de mentes agujeradas como quesos de gruyere en el ocaso del poniente incendiado.

Los caballos eran tambores desbocados. Las baquetas las bridas de la destrucción y las capuchas blancas el destierro racial de un sentimiento puro. Sus gemidos, razones para escapar y en una huida de guitarras a ritmo de frenético rock and roll estampaban el adiós en el regazo de la tierra, testigo mudo de su amor. Guitarras atronadoras que galopaban al ritmo del baile del pato en una huida descomunal. Mientras, las caperuzas aullaban a la cruz ardiente del sur de los pecados.

En algún lugar del Sur con el cuidado de sus gestos y la bruma dormida del recuerdo, las añoranzas son las claves del mañana en una aventura de escapismo sin final. Entre los sonidos del río, la niebla esconde los ecos de su amor. Las baladas furibundas emergen contagiando el sabor del blues en el pecho del que siente, a lo largo y ancho del río del Sur.

El sol amanece sobre el despertar de sus cuerpos mixtos y un lloro de niño anuncia hora del desayuno.

Un mulato es el regalo que la balada del Sur entrego a la pareja que huyo de la segregación racial.

Una vez saciado el hambre y arropado con los besos trenzados de moreno marfil una balada se trasforma en la nana sentida del Sur.

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