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Habitó el poema.


En la costumbre de su rostro. Debo habitar el poema en prosa y, dice así:



Habitó el poema en la costumbre de su rostro. Y de sus ojos la expresión de un verso. Las estrofas en los labios en movimiento. Y su luz la forma más vital de su risa impresa. La mano su abrazo en la sensibilidad de un soneto. Gesto diario que me da la costumbre de amar. Como de un lugar perdido vino ella a semejanza de las estaciones de Antonio Vega. Cómplice de su mirada. Creadora del festejo de nuestro amor en la corriente alterna de nuestros cuerpos. Ese es el sitio de mi recreo. El lugar justo donde contemplo el universo y el sentimiento es el tesoro por guardar. Allí donde reviso las hojas de mi existencia y las equivocaciones de mis silencios de ausencia en la rima de las tristezas. Allá me complació con su canción. Su ritmo me embauco y deje de perder el norte para reencontrar al Sur de mi querencia. Los deseos compartidos en la tesitura de nuestro pronombre y la vida nuestra desmesurada aventura. Y los dos frente al mundo con actitud de cómplices bienhechores de momentos. Así repartida en la baraja de mis palabras el triunfo será la mejor de nuestra baza. Y el comodín nuestra facilidad para amoldarnos y empatizar. A pesar de las cartas marcadas del destino que fuerzan las consecuencias indeseadas. Pero allí estamos con la tinta presta y el placebo efecto de nuestra presencia.  Los sueños de la musa seguirán adelante en la pose existencialista de mi Mar en la agreste e impulsiva, ilusa y desastrosa vehemencia de mi sique trastornada.

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