
“Confieso que he vivido” es el título de uno de mis pocos libros de cabecera, escrito por el gran vate, Pablo Neruda. Inspirado en este gran autor, he de declarar algo que he silenciado durante muchos años, aunque muchos, quizás, lo intuían: “Confieso que soy gilipollas”.
Repaso el significado en mi diccionario de consulta que tengo en una de las repisas de mi despacho. Compruebo también la aplicación del diccionario de la Real Academia de mi teléfono que me deriva a la palabra “gilí”. Por sí en estos años ha tenido una evolución más benévola su significado, pero veo que no. Tanto en uno como en otro, el significado es el mismo. En la aplicación del teléfono con el término más cursi es lelo, tonto. En la edición impresa también remarca como significado de estúpido, aunque en término caló expresa fresco, inocente. Así pues viene todo al caso. Es pura lógica pero si no es por los acontecimientos uno no se percata de su estado real.Y sí, soy gilipollas. No puedo evitar esa sensación, aunque vengo barruntando esa posibilidad desde hace años. Quizás desde mi pubertad pero no he sido consciente hasta ahora. Puede que el grupo de niños que jugaba al rescate lo intuyese, porque siempre que había un tipo de reyerta verbal, increpábamos a los contrarios llamándoles algo parecido a tamaño insulto. “Mal de muchos consuelo de tontos”, por eso carecía de importancia, ya que por aquel entonces, éramos casi todos. Así venía sucediendo con posterioridad, cuando en el torpe arte de pedir un beso a una chica nos decían: ¿Pero tú eres gilipollas o qué te pasa? Después de tal descrédito te ibas a otra historia a olvidar la decepción de la desventurada acción de la pretendida.
En los enfrentamientos entre las bandas rivales o al sorprendernos los lugareños hablando con las chicas de su pueblo, antes de recurrir a la violencia de género física (a nosotros como forasteros) se nos bombardeaba dialécticamente a través de los insultos bienintencionados o preventivos. Meras advertencias para evitar derramamiento de sangre, y por ende, logramos adivinar que había mucho gilipollas suelto con sanas intenciones de confraternización a pesar de tanta humillación en campo visitante.
Muchos al leer esto dirán que tengo 'más razón que un santo' al tratarme con dicha execración.Podría seguir con la enumeración de los hechos pasados y las imprecaciones, pero me hundiría moralmente. Porque regocijarse en la mierda de uno y en su dicterio, es una sana intención pero descorazonadora. Además, muchos al leer esto dirán que tengo 'más razón que un santo' al tratarme con dicha execración, pero, ahora, con la supuesta madurez, uno no utiliza ese término alegremente, quizás por la conciencia de la diplomacia o por la educación recibida. Muchas veces me gustaría emplear el término irreverente, ya que he descubierto a muchos a medida que mi vida va avanzando, pero no hay peor insolencia que serlo y no darse cuenta de ello.
Por eso, confieso que soy gilipollas. De una manera tan veraz que la palabra “no” difícilmente sale de mi boca y creo que es una simple sílaba muda de difícil pronunciación. Cuando por culpa del “si” se realizan buenas acciones no acaba la cuestión, porque el personaje de turno quiere ya directamente asirse de tu brazo. ¡Pobre de tí, como se te escurra el “no” por los labios! Además de llamarte gilipollas, perderás algo que creías llamado amigo, conocido, compañero, familiar o lo que sea en el determinado envite. Por gilipollas perdí el valor tan importante del que se preciaban.
Hoy me marché de mi casa a las ocho y media de la mañana y van a dar las diez de la noche y aún no he llegado.No sólo es este el caso de mi baja estima. Debemos unirlo a los tiempos que vivimos. Por fortuna, trabajo. ¡Qué suerte, qué milagro, dirán otros! Y yo les digo: qué manera más injuriosa y arrebatadoramente romántica desprende, en este caso, la palabra gilipollas. Hoy me marché de mi casa a las ocho y media de la mañana y van a dar las diez de la noche y aún no he llegado. Sólo estoy a ocho kilómetros de distancia, así es que no estoy ni a cincuenta ni a cien kilómetros de casa, lo cual demuestra que soy gilipollas. No hace falta que lo griten a los cuatro vientos: ¡Ya lo sabemos! Y todo para disfrutar de quince míseros días de vacaciones.
Confieso que pago mis impuestos y estoy más fichado que en los archivos secretos de la TIA, aquella agencia de Mortadelo y Filemón. Mi teléfono y ordenador están intervenidos para ver u oír mi posible estado defraudatorio. Yo cargo la pantalla de tías en pelotas o leyendo el periódico deportivo según convenga, o me paso con el Skype llamando a mi tía en Honolulu pero ni por esas. ¡Soy gilipollas!
Confieso (que soy gilipollas) y el Estado me exprime y yo me dejo. Ahora, me han dicho que instalarán en la oficina un contador para ver cuanta gente utiliza los asientos y eso tributará a través de algún impuesto indirecto.
Pago mi hipoteca religiosamente aunque no soy tan gilipollas como decía la ministra a sus fieles correligionarios. Los suyos no comen por pagar la hipoteca. ¡Hay que ser gilipollas para creérselo! No veo a mi familia. Mi esposa e hijos llevan una foto de mi persona para no olvidar mi presencia en sus vidas. Al perro ya ni le saco a pasear. Siempre que me ve, se lanza a morderme.
Me aferré al sueño de mi libertad pretendida como cuando era estudiante protesta y esa libre disposición de tiempo que veo en la gente cuando salgo a la calle. Es que soy gilipollas. Yo aquí dándole a la tecla mientras otros pasean, beben, folgan, holgazanean o vaya usted a saber mientras disfrutan del tiempo libre que tienen. Aunque muchos no saben degustarlo. Esos también son gilipollas, con perdón.
Así es que, ya ven ustedes. Después de esta confesión no queda otra que buscar otro epíteto o ultraje hacía mi ser. Disfruten de la vida y no sean gilipollas. No la dejen marchar sin disfrutarla. Disfruten de mi ausencia si pueden. Y si pueden hasta la semana que viene. Procuraremos ser menos gilipollas de lo que somos. Al menos, que el improperio se atenúe y mezcle con las ofensas que la realidad nos ofrece. Haciendo de nuestro apóstrofe un adjetivo más acorde, sea el de hombres de bien, inocentes y tontos. Jamás deseando el mal ajeno a pesar de vivir en una ‘gilí -pollez’ constante.
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