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"Historia de un ignorante y de una taimada". Entrega cuarta.

El limite fronterizo de la insolencia fue traspasado una noche calurosa de agosto. La tensionada relación comenzaba a hacer aguas. La locura festiva de las altas temperaturas presentía el holocausto de los lunáticos. En una crisis violenta dinamitada por la intención de proseguir las vacaciones para la pareja en un maravilloso oasis de paz. Mientras los niños eran empaquetados a un mágico lugar llamado campamento de verano de Salem.


El, no pudo conservar la calma. Estaba en juego el negocio. Ya hacía tiempo que estaban de vacaciones. Sus padres necesitaban y merecían un descanso. Y el gesto grotesco de los clientes y los acuerdos contraídos requerían con presteza su presencia.


Su mujer ni se atuvo a explicaciones ni a motivos de estado. Prosiguió con su negativa. Con gesto de adulación y femenino pose de gata en celo trato de persuadirle. Se negó, lucho para hacerla entrar en razón. Cotejo cualquier escapatoria. Volvió a intentar argüir la razón de lo evidente. Hasta que una frase dinamito la pólvora guardada.


El le dijo. - no has tenido suficiente con un mes. No querrás disponer de todos. Mis padres necesitan su preceptivo descanso y mis clientes reclaman la realización de las operaciones pendientes. Si no lo hago podemos perder mucho dinero. No te basta avariciosa. Basta ya.


Esto supuso la avalancha. No porque el enfrentamiento supusiese una crecida de violencia. Sino porque la respuesta le dejo helado como el hielo y le hizo ver como Lazaro en remojo de milagro.


- Tu verás lo que haces. Yo me iré. Sabes que puedo dejarte en cueros.

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