Artículo publicado en el diario digital La Opinión de Trujillo el 11/11/2012
La cuna de un despropósito en la mente de un político. De muchos se dijo.
El desarrollo científico y una suerte de avances técnicos se detendrían. Millones de euros depositados en la basura. A pesar de los recortes, una cosa era aminorar y otra malgastar el dinero invertido por una razón lógica, basándose en un avance empírico y a un desarrollo científico que, favorece a la mayor actividad de pacientes enfermos con determinadas disfunciones y patologías propias que, sólo pueden ser tratados en centros tan especializados y con desarrollo tan puntero como el que tratamos en la historia que nos acontece.
En boca de pecado los pecadores hacen agua y, en su afán discriminatorio no pierden las razones para que sus conspicuas verdades pierdan la razón disfrazadas de dislates, que con su sola insistencia nos hacen creer que somos tontos. O no, lo siguiente: estúpidos y estultos que, con la ignorancia que creen consentida, nos perdemos en vómitos de putrefacción por decisiones como la que nos ocupa.
Arrojados en un estrellón a la inveterada falacia de desmembrar un servicio público que, a todas luces funciona por mucho que se escuden en ímprobos sacrificios, inmolando como siempre al más débil en beneficio del homenaje ofrecido al Dios Capital, del que todos y cada uno de nosotros sabemos. Me da pereza nombrarlo y tan siquiera merece la pena.
Perdonen mi discurso enojado, pero estoy indignado. ¿Quién ha sido el mamarracho de la mente preclara? Con qué aviesas intenciones nos condenan en un desesperado desmantelamiento de la sanidad pública y, encima puntera en muchos de sus departamentos, desde la docencia hasta la investigación. Reprimiendo cualquier planteamiento bisoño como el que ahora nos colocan casi de improvisto, sin siquiera anunciarlo a la opinión pública, sin consultarlo a los especialistas. De soslayo y sin notificación, sin un estudio objetivo, como un embozado escapando de las libertades y los derechos adquiridos tanto tiempo atrás. Ahora vuelven a reiterar posiciones de francotiradores con la excusa de un centro exclusivo “de alta especialización para patologías para personas mayores de setenta y cinco años”. Suena a chiste de mal gusto. Tirando historia sanitaria con ciento sesenta años a cuesta de medicina y ayudando a una sociedad que tiene en su honor más de trescientos mil habitantes y más de cuarenta especialidades.

En boca de pecado los pecadores hacen agua y, en su afán discriminatorio no pierden las razones para que sus conspicuas verdades pierdan la razón disfrazadas de dislates, que con su sola insistencia nos hacen creer que somos tontos. O no, lo siguiente: estúpidos y estultos que, con la ignorancia que creen consentida, nos perdemos en vómitos de putrefacción por decisiones como la que nos ocupa.
Arrojados en un estrellón a la inveterada falacia de desmembrar un servicio público que, a todas luces funciona por mucho que se escuden en ímprobos sacrificios, inmolando como siempre al más débil en beneficio del homenaje ofrecido al Dios Capital, del que todos y cada uno de nosotros sabemos. Me da pereza nombrarlo y tan siquiera merece la pena.
Perdonen mi discurso enojado, pero estoy indignado. ¿Quién ha sido el mamarracho de la mente preclara? Con qué aviesas intenciones nos condenan en un desesperado desmantelamiento de la sanidad pública y, encima puntera en muchos de sus departamentos, desde la docencia hasta la investigación. Reprimiendo cualquier planteamiento bisoño como el que ahora nos colocan casi de improvisto, sin siquiera anunciarlo a la opinión pública, sin consultarlo a los especialistas. De soslayo y sin notificación, sin un estudio objetivo, como un embozado escapando de las libertades y los derechos adquiridos tanto tiempo atrás. Ahora vuelven a reiterar posiciones de francotiradores con la excusa de un centro exclusivo “de alta especialización para patologías para personas mayores de setenta y cinco años”. Suena a chiste de mal gusto. Tirando historia sanitaria con ciento sesenta años a cuesta de medicina y ayudando a una sociedad que tiene en su honor más de trescientos mil habitantes y más de cuarenta especialidades.

Cómo diría el pez que encuentra la libertad encerrado en una bolsa de plástico inflada de aire: y, ahora ¿qué?, de la película de Nemo. Tanta lucha para ser desperdiciada por un acto de verdadero héroe de neurona única que, debería ser digno de estudio en un centro como el que desmantela, dónde se vería la verdadera solución para corregir su disfuncionalidad o para que el oxígeno le llegue al cerebro. Dónde ahora, parece no llegar.
A quién se le ocurre cambiar de uso un hospital como el de "La Princesa", en Madrid, puntero de España, con una de las pocas unidades de ictus que existen en España. ¿Qué va a ser de los presentes y futuros pacientes diagnosticados de esta enfermedad? Créanme por propia experiencia, gracias a este centro mi padre gozó de algunos años más de vida que, sin esa unidad especializada en ictus cerebral y en enfermedades neurológicas, no habría podido gozar de unos años de calidad media antes de caer en el verdadero abismo de la enfermedad.
La sanidad está que trina, los enfermos atemorizados, los centros dependientes sorprendidos. No se sabe que va a pasar: el desconocimiento es absoluto. La improvisación total. Lo digo de buena tinta. Ni siquiera se han atrevido a informar, a dar la cara. Ni siquiera saben ellos lo que van a hacer. No hagan experimentos cuando hay miles de pacientes que necesitan de toda su profesionalidad, conseguida por la virtud de millones de euros de los contribuyentes. ¿Ahora, qué? Recorte de probeta y bisturí. Salgan de su alcazaba de poder. Justifiquen de una manera coherente tamaño disparate. Si esto pasa aquí, qué no pasará en los pueblos de España, diezmados y abandonados a su suerte. Hipotequen su vida de basura humana, agosten sus ahorros hasta que sólo sean despojo, ricia para los cerdos. Nos ahorraríamos exequias, suelo para enterramientos y funcionarios al servicio de las pompas fúnebres.
Espero exagerar pero la iracundia me embarga. Creo así obnubilar mi mente y parecerme un poco a los secuaces e interesados que toman estas decisiones de tan hondo calado, por no llamarles de otra manera más cruel y justificadamente justa.
Pongamos las cartas sobre la mesa y no se mofen de nosotros llamándolo “Plan de Medidas de Garantía de la Sostenibilidad del Sistema Sanitario Público”. Serán otros planes los que se traen entre manos pero, por las razones que sean, no muestran sus verdaderas cartas. Tamaño disparate de un gran centro hospitalario convertido en un geriátrico no hay quién lo entienda. Creando un “guetto” y destruyendo unos avances que no se habían visto en la sanidad española en años. Pero si esta es la política para estar al servicio del ciudadano que, venga Dios y lo vea. Hasta los no creyentes se santiguan. Tanta pompa con los nuevos hospitales de agudos creados por la antigua jefa de la comunidad y, ahora, resulta que sobran dos y seis los privatizan. Van saliendo los brotes verdes de las voces que lo realizaron. Ahí está la factura y lo que es peor: ¿que queda por venir?
Espero con este artículo unirme a las voces de la sanidad, en este caso de Madrid. Pero, no desesperen que, a este paso, será una marea que pueda anegar todas nuestras intenciones y nuestras futuras enfermedades. Así es que, no desesperen; sepan, al menos, las posibles consecuencias.
Piénselo de nuevo, autoridad competente en la materia. Rectifiquen porque es de sabios. Espero la semana que viene venir con buenas nuevas. Disfruten de mi ausencia.
A quién se le ocurre cambiar de uso un hospital como el de "La Princesa", en Madrid, puntero de España, con una de las pocas unidades de ictus que existen en España. ¿Qué va a ser de los presentes y futuros pacientes diagnosticados de esta enfermedad? Créanme por propia experiencia, gracias a este centro mi padre gozó de algunos años más de vida que, sin esa unidad especializada en ictus cerebral y en enfermedades neurológicas, no habría podido gozar de unos años de calidad media antes de caer en el verdadero abismo de la enfermedad.
La sanidad está que trina, los enfermos atemorizados, los centros dependientes sorprendidos. No se sabe que va a pasar: el desconocimiento es absoluto. La improvisación total. Lo digo de buena tinta. Ni siquiera se han atrevido a informar, a dar la cara. Ni siquiera saben ellos lo que van a hacer. No hagan experimentos cuando hay miles de pacientes que necesitan de toda su profesionalidad, conseguida por la virtud de millones de euros de los contribuyentes. ¿Ahora, qué? Recorte de probeta y bisturí. Salgan de su alcazaba de poder. Justifiquen de una manera coherente tamaño disparate. Si esto pasa aquí, qué no pasará en los pueblos de España, diezmados y abandonados a su suerte. Hipotequen su vida de basura humana, agosten sus ahorros hasta que sólo sean despojo, ricia para los cerdos. Nos ahorraríamos exequias, suelo para enterramientos y funcionarios al servicio de las pompas fúnebres.
Espero exagerar pero la iracundia me embarga. Creo así obnubilar mi mente y parecerme un poco a los secuaces e interesados que toman estas decisiones de tan hondo calado, por no llamarles de otra manera más cruel y justificadamente justa.
Pongamos las cartas sobre la mesa y no se mofen de nosotros llamándolo “Plan de Medidas de Garantía de la Sostenibilidad del Sistema Sanitario Público”. Serán otros planes los que se traen entre manos pero, por las razones que sean, no muestran sus verdaderas cartas. Tamaño disparate de un gran centro hospitalario convertido en un geriátrico no hay quién lo entienda. Creando un “guetto” y destruyendo unos avances que no se habían visto en la sanidad española en años. Pero si esta es la política para estar al servicio del ciudadano que, venga Dios y lo vea. Hasta los no creyentes se santiguan. Tanta pompa con los nuevos hospitales de agudos creados por la antigua jefa de la comunidad y, ahora, resulta que sobran dos y seis los privatizan. Van saliendo los brotes verdes de las voces que lo realizaron. Ahí está la factura y lo que es peor: ¿que queda por venir?
Espero con este artículo unirme a las voces de la sanidad, en este caso de Madrid. Pero, no desesperen que, a este paso, será una marea que pueda anegar todas nuestras intenciones y nuestras futuras enfermedades. Así es que, no desesperen; sepan, al menos, las posibles consecuencias.
Piénselo de nuevo, autoridad competente en la materia. Rectifiquen porque es de sabios. Espero la semana que viene venir con buenas nuevas. Disfruten de mi ausencia.
Fco. Javier Fresneda Diadosa
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