Artículo publicado en el periódico LA Opinión de Trujillo el día 11/03/2013
Odio la sonrisa poderosa del que hace de su ego un desplante. Odio la persona que con sus lágrimas vulnera tu piedad para luego asestar la violenta faca, alojándola por la espalda entre las clavículas. Odio los excesos de clase y la altanería chulesca de las partes. Váyanse y hagan un duelo al estilo del diecinueve si tan hombres son. Odio la asignatura pendiente de los descreídos de la educación. Odio los que roban la buena fe de los demás. Odio la persona que se aprovecha del que le tiende una mano y le coge un brazo. Odio al no agradecido que se enoja ante la imposibilidad de una ayuda.
Odio al que la constante presencia de un favor exige de su realización, olvidando la clave esencial del favor. Odio las malas firmas de las formas de los descreídos de las formas, valga la redundancia. Odio el gesto despreciativo del que viene y no saluda porque va a ver a un superior.
Odio el cliente que por el hecho de serlo pierde la condición formalmente humana y se vuelve absurdo a pesar de la ira de su poder. Odio los que calzan pantalones anchos y rancias corbatas. Odio los que me tocan los huevos con vehemencia. Odio las medallas que no sirven para nada. Odio al perro que come las mierdas que encuentra en el camino. Odio a los falsos de espíritu y a los que hacen buenas obras sólo por vanagloriarse.
Odio al que estigmatiza. Odio al que no respeta, al que no deja vivir. Odio la profunda consciencia del que sabe de su mala fe. Odio la vulneración de la afirmación. Odio la quebrantada razón que me imposibilita a decir no. Odio la responsabilidad sin valorar. Odio el valor de los que chupan sin saciarse de la sangre derramada. Odio al que da esperando algo mejor a cambio. Odio los reproches del destino bajo la consigna del corrupto. Odio la fatalidad del que la persigue. Odio la expresión "me debes obediencia". Odio las condenas sin juicio ni sentido común.
Odio el desplante a la risa. Odio el daño voluntario y consentido. Odio la querencia del que el mal desea. Odio la excusa de la culpa en el otro.
Odio el lamento silenciado y el perdón no recibido. Odio la caricia de la avaricia y su canto de sirena materialista. Odio el imperio bipolar y el sueño no consentido. Odio los peregrinos que no saborean el paisaje y se aprovechan de los inocentes. Odio la sonrisa horizontal con la variante irónica de la mala fe. Odio al prefecto que no da ejemplo. Odio las lámparas vistosas que no lucen. Odio el desahucio de las ideas por servir. Odio del hombre que no disfruta y valora lo que tiene. Odio la ingratitud de la amistad. Odio el consenso poderoso para hacer más débil y servil al subordinado. Odio el agujero negro de las preguntas sin voz y las respuestas sin equidad. Odio la ceguedad de la justicia a pesar de soltar el pañuelo que vela su rostro. Odio el perfil del que clama y luego no responde. Odio la brega sin sentido. Odio los avatares de los rostros cubiertos.
Odio las aguas que se van con el gusto del despilfarrador. Odio la cruz invertida. Odio los lamentos camuflados. Odio la vertiente hipócrita del que te mata cada vez que puede.
Odio el deseo malo. Odio del que huye y la distancia es una ramera decapitada. Odio de la brisa partida y del extremo absurdo. Odio del que absorbe para su autorealizacion y canalizar así sus miedos. Odio la estirpe que exige tributos y no los da. Odio los que no saben sacrificar algo por nimio que sea. Odio que el tiempo se escapé por el sumidero de la muerte.
Odio de los pañuelos entregados a quien no tiene mocos. Odio al dictador por el mero hecho de serlo, se llame Augusto o Fidel, Hugo o Francisco. Odio al que persigue y oprime. Odio al que asume que con la excusa de la raza dice que le apartan. Odio la violencia amparada. Odio al presidente que presume y no hace nada. Odio la altanería mundana del pícaro que hace daño al inocente. Odio del que se aprovecha de los débiles y no tiene cojones para los iguales. Odio el que finge lástima.
Odio al que comulga y compra las bulas sin arrepentimiento. Odio al que hace de su cruz la de los demás. Odio el camino que está sembrado de trampas. Odio los que esperan las caídas. Odio los que no piensan en los demás. Odio a la gente que siempre espera algo de ti. Odio los que esperan el dinero que nunca tendrán. Odio los destierros de humildad. Odio los artificios vestidos de sencillez. Odio la naturalidad impostada. Odio la circunstancia coartada y la bajada de pantalones. Odio el desprecio de los despreciables. Odio el orgullo arrogante. Odio el cinismo como modo de vida.
Odio la envidia de los que tienen y se enojan de lo poco que tienen los demás. Odio cuando me dicen excusando que comprenda la forma de ser de los demás sin respetar como pueda ser la mía y como me pueda sentir. Odio, por supuesto, el daño que yo pueda hacer o provocar. O el que haya hecho a lo largo de mi calendario. Odio el despiste de los que he dejado en el tintero, será porque olvidé los rencores. Odio odiar a todo lo que realmente odio a día de hoy y, en un futuro venidero. Odio la palabra FIN.
Lamentablemente estos odios me hacen ser escéptico. por eso, créanme, valoro más los pequeños detalles. Espero que la sociedad abandone los odios e hiberne buscando el olvido de los mismos, restaurando la buena fe y los actos cabales y de cierta lealtad. Y al menos como yo, bailen rock and roll siempre que puedan para liberar malos espíritus.
Queridos lectores, espero que su odio se disipe y disfruten de la presencia de la vida y de mi ausencia esta semana. No me odien por ello. Me despido sin odio ya que hoy, me he liberado.
En el silencio de la noche resuenan con alegría los cánticos de mi tierra. Y es ese recuerdo el que hace aflorar el sentimiento de la blanca navidad. Destellos y ráfagas de valores desgastados con el tiempo. Ajados por el desuso y el derrumbe de las buenas intenciones y los actos honestos, humildes consignas de una fe humana resquebrajada en los tiempos de fechas celebradas. Por ello sana es la intención del buen deseo. Que no sea quimera como fiebre de vil metal. Costumbre cabal y querida la de una ilusión sentida año tras año al privilegio de la amistad sostenida en la vida. Al compromiso vital de hallar la estima y la Salud en carta cabal y en la fortuna dichosa de agradecer y sentir la vida cada día. Porque como la Navidad sea una plegaria constante en el nuevo año que te contempla. Como diría el Papa Francisco: “No vivamos una fiesta falsa y comercial”. Complicado empeño aunque resuenen los cánticos de Mi Pueblo. Feliz Navidad. Alma y aullido. Ja...
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