"Imagen, paralelismo y sueño".

jueves, 18 de abril de 2013

"Imagen, paralelismo y sueño".



A veces el caprichoso destino desdibuja caras y otras irónicamente juega con las cartas marcadas. Hoy me ha pasado una de esas casualidades que si no piensas en ello no lo relacionas pero buscas una interpelación entre los hechos.

Pasadas las cuatro cogí el suburbano dirección a mi trabajo. Cuando se abrieron las puertas del vagón abandone mi ensimismamiento y me tope con una hembra de impresión. Sexual de escote atrevido y rubia melena larga.
Esta noche de vuelta al hogar, de nuevo sentado en un vagón leyendo un artículo sobre la escritora Dorothy Parker me percate del juego irónico del destino al leer la crítica del libro sobre el que leía. "Una rubia imponente" como la mujer que vi horas antes. No por descabellada de la idea, recordé la mujer y comparé la crítica. El crítico John Keats no dudó en decir que “Dorothy Parker era una de las personas más nuevas y brillantes” que habitaban en el mundo; desaparecida en 1967, una disculpa fue el último de los textos de Parker: “perdón por el polvo” dejó escrito en su epitafio.

En efecto, el parecido entre la protagonista de su relato y la realidad cotidiana era evidente. Así me sume en disfrutar en el pensamiento del paralelismo. Y quise encuadrar al personaje en la realidad carnal que vi. Meditando sobre ello me di cuenta además de sus extensiones rubias de intenso color, cuya tonalidad era más fuerte que el color mismo de un polluelo recién venido al mundo, a través de uns lucha descarnada con la cáscara protectora. Esa enconada lucha es la que la protagonista sostiene diariamente por parecerse a una inalcanzable modelo estilo penthouse años cincuenta o sesenta. Y con pose desafiante y altanera desprecia a los mortales con los que se cruza. El choque profundo de su ego esta en la posibilidad de no mirarse al espejo un día y parecerse a esa hembra envidiada externamente.

Ocurre que las grietas del espejismo se van descubriendo y como Alicia el sueño se vuelva disparate. Observando los ojos tuneados. Esperando que no se haya tatuado la córnea y solo sea una lentilla de color. Porque sino la caricia de la obsesión asimilara su rostro y arrostrara su cuerpo.

No tiene nada de envidiar con respecto al año 29 cuando se público el relato en cuestión. La sociedad sigue marcando estilo en la presencia de la imagen. Incluso más, si cabe, que en la época del crack. Denotaba incluso la blancura cuidada de su piel bañada en la leche de pantera que vestía su epidermis. No me refiero a la leche de la bestia sino al cocktail popularizado en la juventud de mis años en España en los garitos de la zona de Bilbao y Moncloa de Madrid. Siendo elaborado con leche condensada y ginebra. Incluso en algunos casos se podía añadir clara de huevo y canela. Bebida que hacia exaltar el brote juvenil como la dama de nuestro comentario.

Nuestra Hazel Morse del relato nos hace creer en su sufrimiento por mantenerse deseada. Desdeñosamente mira a los hombres aduladores de su presencia. Idolatra al mito y conserva el orgullo de hembra sexual y voraz. Pero el intimismo individual de los días arrasa su vitalidad. El miedo al paso del tiempo y quizás el derrumbe de su fachada imponente. Quizás el arte del cirujano con el acento en los pómulos y los pechos desafiando a la Betty Boop de la mejor de las epopeyas.

En este inventario de relato triste, en el que se enfrenta la rubia oxigenada e imponente a su lucha diaria, la ironía y el sarcasmo se dan la mano. Tras la mentira y la cobardía de su soledad se expresa el molde de la rubia devora hombres explotada en las películas de serie negra y las fatales damas o en las pin ups por siempre soñadas a través del cine y el rock and roll. Aquí es donde se mezcla el tópico de la actriz y la cultura custom. Un paralelismo que se va dando a través de un desgarrador verso y unos acordes a lo Lucille o Miss Cloudy. Imponiendo el anecdotario de los nombres en los labios de su orgullo y abandonándolos en el desalojo de sus lágrimas a lo Marilyn en el silencio de su alcoba. Siendo su epopeya las visiones de su rostro y los sueños por vencer. Idolatrando la formas quiméricas de la pérdida feminidad de los años cincuenta y sesenta.

Son los focos inmortales del advenimiento del deseo. Tal vez como una groupy o una actriz carnal de mentalidad impresa a lo Briggite Bardot. Pero, qué queda una vez que el telón se ha bajado en el rumor diario de su mente?

Hace de su salvaje erotismo una pose ante la rutinaria cotidianidad que la convierte en una búsqueda monótona y uniforme de un círculo vicioso del que resulta imposible salir. Mantener su imagen a toda costa porque sino su autoestima se destruirá y con ella el mito realizado. Como recurso, la bebida hace de efecto tranquilizador. Porque los hombres no sacian su poder y egolatría quebradiza. Siempre interpretar al mismo personaje llegaba a cansar por mucho que se pareciese a Jayne Mansfield de un efímero viaje por las luces de la gran velocidad. Para estrellar su cuerpo a pesar del colchón de tantos hombres babeantes.

Es como el whisky que bebe una máscara engalanada tras la cual se esconde una realidad más oscura y traumática.


Siempre tras fachadas y tacones de alto mirar. Tras la despreocupación y la alegría, tras la imagen de rubia imponente, siempre queda lo oculto del misterioso sentir de cada uno. A pesar de la admiración que nos haga sentir. Porque los sueños pueden llegar a ser peligrosos también como cualquier acelerada canción tras unos acordes desbocados.

Posdata. El destino quiso jugar conmigo otra vez y guardarme una nueva casualidad. Justo cuando acabe este relato coincidió con la efemerides de una verdadera rubia imponente: el nacimiento de Jayne Mansfield.
!!Menuda jugada!!.
Fco. Javier Fresneda (Javi Jerry Lee)



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