
"Regocijaos jóvenes en vuestra juventud".
Eclesiastés
Como de un extraño sueño, se despertó con la frase penetrando en sus entrañas. El crédito a su visión era escaso, pero la sensación le parecía tan vivida y fresca que remontaba los años; rasgaba las vestiduras del tiempo.Manuel, hombre de voluntario recuerdo y sonrisa franca, atisbó las muletas apoyadas en la pared al lado de la mesita de noche. No daba crédito a lo que estaba viviendo. La habitación donde convivió con amor y vehemencia con su adorada Magdalena, permanecía como la recordaba años atrás. No se explicaba cómo había dado de nuevo con sus huesos en la alcoba matrimonial. El efecto boomerang de los años le habían sumergido en un dulce sueño de hermosos recuerdos.
Él, que creía que la reseca muerte le sorprendería sin haber hecho lo suficiente, olvidado en las paredes de la residencia donde su hijo le dejó, a cambio de visitas esporádicas, distanciadas en el tiempo a causa de embustes y excusas que sólo cuadraban en la mente del impostor. Pero Manuel, en gesto de despiste y ausencia le decía: “Sí hijo, no te preocupes y resuelve tus asuntos. Yo estaré bien”.
Unas melodías inolvidables le recorrían el sudor de su frente y los tímpanos en ritmo constante. Volvía a revivir por una emocionante ensoñación una de las melodías del Maestro Algueró. Era la visita inesperada. ¡Cuántas veces con su Magdalena habían bailado por el salón y tarareado los coros que cantaban el trío “La Ra La”, según el dictamen de su recuerdo, aunque no estaba muy seguro del nombre del trío de chicas que acompañaban las melodías compuestas por Alguero. Quizás fuesen “La La La”, pero eso ahora no importaba.
Se levantó con el nervio comiéndole las entrañas, cogió las muletas y abrió la puerta de la habitación.
Realmente estaba en su casa. No podía creerlo. No atisbaba las razones de un mito. El elefante que marcha camino al cementerio no regresa jamás. Él, en cambio, si había regresado de dónde nunca quiso marchar.
Se paró junto al salón enfrente del gran espejo donde en los años 80 se divertía viendo a su hijo realizando cualquier baile. Como el día que vio en el programa de televisión Tocata, al cantante de ascendencia francesa Patrick Hernández con su "nacido para estar vivo", 'hit' discotequero allá en los años mozos de su chaval.
Rememoró inmediatamente el día en que su vástago le hizo una exhibición, antes de irse con sus amigos a la discoteca. ¡Qué orgullosa estaba su madre de la criatura! ¡Cuánto se querían todos!
Sintió rejuvenecer, pero en el fondo de su alma no comprendía las razones de este sueño.Recordó las primeras películas que vio en su vieja televisión en blanco y negro. Toda la familia y algún pariente, vecino o amigo junto a ellos, unidos a través de la pantalla y una buena cena cocinada por la buena de Magdalena. Como la tarde que vieron "La ciudad no es para mí". A Manuel, le saltaron las lágrimas sólo de pensarlo. Esos momentos eran la felicidad en su rostro. Sintió rejuvenecer, pero en el fondo de su alma no comprendía las razones de este sueño. Quizás, estuviera muerto y era la última voluntad del difunto antes de ir a reunirse con su amada.
Contrariado y sorprendido siguió ensimismado en sus pensamientos tan enrevesados.
- Hola papá. ¿Has dormido bien?
Le devolvió de golpe a la realidad. Su hijo que, hacia meses no sabía de su existencia. El hijo único en el que volcaron las ilusiones de su esfuerzo y de sus cuidados. La voz casi olvidada de su heredero.
- Hola hijo. ¿Cómo que estamos juntos, aquí en mi casa?
Su hijo aferrándose al consuelo del chantaje psicológico le explicó que le extrañaba, que sería mejor estar toda la familia junta para disfrutar de sus nietos. Que vivirían juntos y ellos le cuidarían. A lo que Manuel acepto con una mueca de felicidad. Pero, no comprendía porqué en su casa y no en la de ellos.
El hijo de Manuel le respondió que la casa que tenían la habían alquilado, debido a unas deudas que apremiaban. También, le sugirió que el dinero que ya no recibirían en la residencia lo emplease para los gastos de la familia. Manuel se encogió de hombros. Cercado en la trampa no tenía escapatoria. Su pensión no le serviría para huir de todo aquello. Sus nietos le necesitaban. Sabía que las cosas no iban bien.
Después de varias semanas juntos, Manuel se entretuvo en el desagradable juego de ser asaltado por la verdad. Su hijo, perdió la casa una vez que perdió su trabajo. Llevaba casi dos años en paro y todo se vino abajo. El azote de humildad y la vara de medir el despilfarro había quebrado. Quebraron como el país que les hipnotizó en espejismo de superhombres del consumo. Y ahora, su hijo, camino de los cincuenta años, volvía al redil paterno, con una mujer de profesión sus labores y dos nietos de una extraña generación llamada "nini".
Manuel, a pesar de su disgusto, de saberse utilizado, de recibir el cariño de los suyos de una manera egoísta cuando él lo dio todo por ellos y lo volvería a hacer. Por eso, esa mueca diaria de sonrisa sarcástica sobrevolando las paredes ochenteras de su hogar. La victoria a pesar del sacrificio era la ilusión del mañana, consiguiendo rejuvenecer y quitarse años de encima sintiéndose útil, tanto a él como a los suyos.
Nunca necesitó echar en cara nada. Su familia no tenía otra opción y su sustento conseguía el cariño y la atención que años atrás no visitaban su casa. Volviendo a ser una unidad con el recuerdo de Magdalena. Manuel volvía a creer. Disfrutaría de los suyos hasta que las puertas del horizonte se abrieran en el presente.
Esta es, queridos lectores, la situación que encaran muchos ancianos abandonados. Está claro que el tiempo pone a todos en su sitio. Lo bueno de la crisis son las lecciones humanas que nos muestran.
Espero que aprendan la moraleja y no necesiten que su desesperación sea el beneplácito del cariño a sus mayores. Me despido hasta la semana que viene, con la sana intención de romper todos los folletos de propagandas de los centros y residencias para el cuidado de sus mayores.
Espero que hagan ustedes lo mismo. Disfruten de mi ausencia
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