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El testamento

|Artículo publicado en el periódico digital La Opinión de Trujillo el 19 de Junio de 2013
He escrito una carta manuscrita hoy. Hace tiempo no usaba el bolígrafo para tal evento. ¡Cuánto tiempo sin saborear la ternura y la textura de una misiva reposada al caldo de un folio en blanco! Placer de epicúreo de tiempo lento frente a la rapidez y falta de rigor del "ya". Más propenso al fallo y al error, a la duda y a la contradicción.
Frente a esta satisfacción de meditación estableciendo el parámetro de un encuentro con tu ego. Meditación exquisita que ayuda como terapia y contacto íntimo con uno mismo y con el destinatario de la carta. Aunque por no frecuentar las líneas con tinta de boli los dedos y sobre todo el meñique se han resentido después de seis caras escritas desnudando mi alma.
Como este acto de nudismo el hecho de constituir el inventario y la realización de un testamento no solo conlleva un total abandono de la materia, sino también un abandono de la psique  y la comprensión  de la palabra muerte. En el caso de que haya bienes tangibles a los que ceñirse en futuro de abandono de finado. Hágase la voluntad del que abandona el mundo terrenal y aquí es donde surgen los problemas venideros. Por eso atención con su dote por si las moscas. Dejen todo bien atado y no se dejen manipular. O quizás dejense y que ellos comprueben.
Todos recordamos o hemos tenido casos familiares en los que la gerencia de una herencia ha motivado enfrentamientos y de repente un cielo se ha llenado de buitres. Más feos y más inmisericordes que los buitres leonados o negros. Que al fin y al cabo hacen un bien al territorio que frecuentan y a la cadena alimenticia de la que ellos son uno de los últimos escalones. Pero el buitre humano que todos conocemos es harina de otro costal. Bicho al que hay que repudiar y extinguir.
Desde luego no puedo dar un calificativo al que de una manera dirigida y maliciosa permuta los pensamientos del enfermo y aprovechando los estertores últimos de su vida hacen que cambien el testamento horas antes de morir. Y luego digan que al menos se cumplió su voluntad. Que imaginación y autoengaño de subsuelo en las fronteras de una mente maligna cuando es la propia voluntad del buitre sin escrúpulo.
Sólo se le conocía alguna dama de efectiva complacencia y otros escarceos en mansiones de pelaje lujoso
Es tal la inercia de la avaricia que la ansiedad del deseo voraz no se sacia nunca. Necesitando nuevas víctimas que lisonjear para llevarse el tesoro oculto.
En tal disertación se encontraba Juan que la embarcación elitista y efectista del próximo agraciado con su don de pedigüeño y halagüeño de embuste con finalidad suntuosa  ya estaba marcado y catalogado vilmente. El tío Evaristo, hombre de verbo fácil y con la complacida presencia del epicúreo en el espejo de la mañana. La presencia del manejo de su vida como un tipo con gusto esquisto. Elegante manera la de vivir inmerso en la dolce vita. Además de los ademanes de clase y donosura en el arte de la sociedad y la cultura, el tío Evaristo poseía dos casas. Un caserón que ejercía de primera vivienda, algo vieja y necesitada de algunas reparaciones. Otro apartamento en la isla de Ibiza refugió y juerga de los días de sonrisa abierta. Así pues, como hombre era un buen lote. Pero sólo se le conocía alguna dama de efectiva complacencia y otros escarceos en mansiones de pelaje lujoso al don de la mítica Playboy.
Así pues el afecto de Juan se multiplicó como las lágrimas de cocodrilo en la faz de su juego de ilusionista. La lástima de sus cartas marcadas, del  plumaje del farol de un móvil sin igual en la conciencia del hombre de buena fe. Juan logró envenenar el alma de su tío y enemistarlo del resto de sus sobrinos. Contrarió su alma y el embuste era la misma mirada que gastaba en la conciencia de Juan.
Así es que el descrédito hacia el resto de los que un día le quisieron y velaron por su bien, hizo de ellos transformarse en nombres olvidados.
El otro día el tío Evaristo murió. Corrieron al notario y certificaron sus últimas voluntades con la sonrisa de un pícaro en celo de orgasmo satisfecho.
El notario leyó las últimas voluntades que venían a decir:
"No me iré mañana sin el placer de dejar las envolturas de los hechos y la pretendida materia asistida en un verbo sin igual para no olvidar. No me iré mañana sin enmendar mi error. No me iré mañana sin agradecer lo vivido con intensidad. No me iré mañana sin reírme de los buitres que siempre odie. Por eso haganse cargo de las deudas innumerables que tengo"
Así Juan, violentó la ira y maldijo la suerte de su mezquindad. Por eso, liberen sus culpas y espanten las criaturas carroñeras de su entorno. Libérense de los lisonjeros sin causa aparente. Y escriban una carta que les absuelva de todo mal. Quedarán satisfechos de la plenitud del alma y su conciencia. Por eso me despido hasta la semana que viene, disfruten de mi ausencia. Espero que alguno de los remitentes se acuerde de mi y me dirija una de sus confesiones.

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