
Su disyuntiva fue la de creer o la de huir. Fue el prodigio del discurso lo que le embelesó. La apostura y el donaire. La raya postrada con recta regla sobre su cabeza separando los cabellos. El traje al corte en venial sustento, como el que lo lleva impreso en su cuerpo. Líneas maestras de perfil de sastre y aguja.
Cartera en mano y palabras llenas de artificio. Contagiosa de las dudas de la existencia. Contagiosa de los miedos de toda una estampa murmurada a cada pliegue de tertulia, a cada tesis de pretendido gurú. Con las sílabas resonando en el precipicio de un abismo recortado. Cancelada la cancela que abría el portón del dinero público. Los tajos de los recortes habían herido a la investigación.
Y así se quedo él, con la boca partida en una sílaba vacilante, como el funámbulo que juega con la altura y en su equilibrio sortea la suerte. Mientras, los presentes tiemblan como el ciudadano de a pie desconfía en los políticos y en sus palabras. Miserias de poca fe. Mientras, los verdaderos cadalsos del poder quiebran las formulas y estudian el próximo movimiento que, aturda los sentidos de cualquiera. Y así nadie sepa nada.
Así se construye la inanición intelectual de un país: las futuras claves pensantes tienen que marchar
Así se construye la inanición intelectual de un país: las futuras claves pensantes tienen que marchar. A pesar, de las bellas palabras del discurso, es un decir. A pesar, de los juegos de artificio de los que interpretan la conferencia. Actores frustrados sin el Óscar de la academia, pero sí con el orgullo de embaucar a unos jóvenes en edades por hacer. Donde el ahorro se resume en un recorte de futuro. ¿Qué es de un país sin cultura y sin educación, sin desarrollo y sin investigación?
A través de la disyuntiva no tuvo más remedio que recoger sus cosas. Su laboratorio y sus probetas serian sustituidas por cajas y embalajes. Mientras, pensaba en una buena clase de alemán, si no el futuro perecería antes de tiempo. Algún día volvería. Intentaría cambiar el horizonte del destino de su pueblo. Algún día crearía una fundación. En ella, daría trabajo a sus vecinos e intentaría dar una nueva vida a los suyos. Una razón por la que creer en el futuro, ahora que, ellos ya se la habían quitado, de momento.
En un abrazo derrotado, los suyos le apoyaron. Su novia lloraba desconsolada. Su boda se había pospuesto, consecuencia de la partida. Sus padres tenían que apostar por él. Sus ahorros se perdieron. Ya no había futuro en un pueblo ahorcado. No tenía sentido prolongar la lucha. El único centro de investigación se había cerrado. Las Administraciones públicas y el Estado ya no dedicaban dinero para algo que se vislumbraba en un futuro incierto. No era un negocio concreto y con final cierto.
Y en esa locura se embaucó abandonando todo en lo que un día creyó. Como una tormenta nuclear asoló su presente y su futuro se vio cedido a la posibilidad del apoyo de países extranjeros.
Asió su maleta y marchó con dirección devenir. Mientras, en Extremadura y en España, las cosas iban dirigidas al desmantelamiento total. Querían de su piel de toro la esencia de la fiesta, de la 'caló' incrustada en el gaznate de un simple grito: !!Camarero sírvame!! Y un único canto Asturias patria querida.
Pero él, cada año volvía. Era siempre en octubre. No volvía con la frente marchita. Siempre regresaba con el orgullo intacto. Con ganas de ver a los suyos, disfrutando de la compañía y de las fiestas de su pueblo. Por eso, siempre gritaba, con la devoción enraizada en el porte de su estampa: !!Viva la Virgen del Rosario!!
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