"Responsabilidad de los padres"

Artículo publicado el 18 de septiembre de 2014 en el periódico La Opinión de Trujillo


Responsabilidad de los padres

Septiembre llega húmedo al lacrimal de los valedores de la economía nacional, pero a mi me interesa más el microcosmos de la economía doméstica.
En las mil y una tendencias de la microeconomía, vengo hoy a hablarles de un espinoso asunto. Una vez que las aguas vuelven a su cauce, la crisis se instala en la alacena de muchas casas. El esperpento continuo del tira y afloja con la Ley de Educación colma el descrédito de la sociedad y los bolsillos se quedan a la cuarta pregunta.
Con esta situación y con el provecho del soliloquio del paro, muchos aprovechan la coyuntura para descargar el lastre infantil. Ya digo que les hablo desde la barrera, un lugar mucho más seguro. Además ni tengo hijos que empaquetar y tengo un trabajo que conservo a pesar de embistes y deudas de numerosos clientes con la mercantil para la que trabajo. Morosos empresarios que van dando clases de estilo con las monedas de los demás. Como digo el universo de la microeconomía guarda un escenario para cada situación.

Me sorprende el gesto de muchos padres. Sé que es un asunto espinoso el que voy a tratar, pero es verdad, hay padres que por sus hijos matan, y sino que se lo digan a las propias criaturitas. O las dejan abandonadas en contenedores de basura o si la estrella de la fortuna tiene a bien, un hospicio será su destino.
Delitos tan fragantes que los vellos se quiebran directamente, en esta vulneración de la naturaleza. El rito único y asombroso del instinto paterno filial.

El episodio etílico de madres festejando unas horas de libertad en discotecas mientras sus críos aguardan encerrados en un coche a escasos metros del lugar de la dispersión. Esperpento puro, tragicomedia de costumbre, ritos al más puro estilo de las noticias del diario ya extinto "El Caso". Pero no quiero que el drama hecho víscera trascienda en estas líneas. Bajemos el tono de la cruda realidad.

Había un lema cuando yo era púber que proclamaba a los cuatro vientos con sonrisa de tahúr y drama de rebelde sin causa: "vive de tus padres hasta que puedas vivir de tus hijos". Quizá alguno de los acólitos de dicho pensamiento lo haya conseguido con el paso de los años. Otros han sustituido la proclama y siguen viviendo para ellos. Han sustituido los hijos, pero siguen viviendo de los padres. Unos por situación precaria, otros por razones que no comprenderíamos o que ni siquiera nos interesan.

El caso es que una vertiente importante de estos hogares se sustentan gracias a las pensiones de los padres jubilados, dejando en un limbo de difícil resolución el futuro de los dependientes de ese dinero tan bien ganado y logrado por los padres. Pero lo grave en estos casos no es sólo que los cabeza de familia se hagan cargo económico de sus vástagos y nietos, sino que además llevan el peso físico y moral, incluso agravado por alguna enfermedad, cargando en demasía una vejez que tienen a bien y merecidamente que llevarse el premio de la libertad espiritual y exenta de cargas.
Ahora bien, muchos eligen complacidos la salvaguarda y cuidado de los nietos, valorando positivamente las numerosas acciones y afectos que ganan y lo mucho que pierden sus hijos al no pasar tiempo con sus nietos. Por supuesto, cuando la capacidad de elección no tiene coartadas o chantajes emocionales que falseen la verdadera intención de los abuelos, me parece lógico y coherente. Pero permítanme desconfiar al ver cada vez más ancianos desposeídos del cariño de su sangre, dejados al albur de una residencia o al encargo de un cuidador. Abandonando o distanciando las horas y los días de sus visitas.
Muchos ancianos se agarran al cuidado de los nietos porque es su tabla de salvación, de sentirse importantes y útiles.
Muchos ancianos se agarran al cuidado de los nietos porque es su tabla de salvación, de sentirse importantes y útiles. Pero el interrogante clavado en su percepción no engaña.
Disculpen mi estado pesimista, pero de un tiempo a esta parte vengo observando que en esta España nuestra el respeto a los mayores va cayendo a medida que los años se despistan de nuestros cuerpos. Esto me viene a recordar algo con lo que yo discrepo, pero era un objetivo que muchos lograron, dejar un cadáver joven y bonito. Lo que no sabían es que se perdían muchas más experiencias de las que vivieron. Y un espíritu joven siempre da con la solución al tiempo que corre.

Discrepo pues de los que han tenido críos para abandonar su responsabilidad con ellos. Porque un orgasmo a destiempo puede tener consecuencias de futuro que las medidas anticonceptivas pueden evitar. Que un buen polvo puede ser lastre de vida y arruinar la de uno que personalmente me importa un bledo, pero sí me inquieta la de la criatura que nace en un mundo más hostil desprotegido de la responsabilidad de sus padres.
Es aquí donde radica el problema. La cultura sexual entra en juego y la abstinencia no es la solución ni la prohibición tampoco. Educando y fomentando la sexualidad como algo natural y no como un tabú evitaríamos ciertas consecuencias.

Por último, los que se esconden de sus problemas o simplemente quieren seguir disfrutando de su vida de pareja o de jóvenes airados y dejan a su infante en otras manos, despreocupados del crecimiento del niño que todos fuimos, me crea un problema de conciencia y egoísmo que arrostra numerosas dudas y diatribas sin resolver.

Pero este Septiembre viene con las dudas por bandera. Y las nacionales tienen sombra de duda en las comunidades que solapan su identidad, fomentando resquemores y desigualdades como la vida misma en los microcosmos de cada hogar que hemos enumerado.
Así pues, les dejo queridos lectores hasta la semana que viene, disfruten de mi ausencia. Aunque el grillo que anida en las conciencias de muchos su canto se haga más ostensible. Y como siempre pasa "dios da pañuelos a quién no tiene mocos.


Kerouac97@hotmail.com

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